Las series son el nuevo cine, no hay duda de ello. Tienen mayor tiempo para desarrollar las tramas y los personajes, pueden tantear los gustos del público y hasta muchos actores reconocidos están fichando por HBO o Netflix.

Todos somos conscientes de su aumento desproporcionado en las plataformas digitales. Éstas han hecho que el consumo de las mismas sea inminente. Incluso hay una exigencia de estar al día, ya no sólo porque puedas topar con el imbécil cuya vida es tan triste, que para hacerse el importante reparte spoilers por las redes sociales; sino para ser aceptado en muchas conversaciones actuales. Si dices ahora que estás viendo Prison Break te crucifican o ridiculizan, tienes que estar al día y haber visto el último episodio de la serie de moda o peor aún, el estúpido de turno te hará un spoiler enorme para recomendarte la serie que te estás perdiendo.

Francamente no sé de dónde sacan tiempo para estar al día, y eso que éste que escribe estas líneas es un gran consumidor. Según esta web ya he gastado 100 días de vida viendo series; seguramente más.

Pero me sorprende la poca paciencia, la exigencia o incluso la soberbia de algunos al calificar una serie de basura, coñazo o bodrio habiendo visto sólo un capitulo. Es lo malo de este auge, la inmediatez y escasez de tolerancia. La oferta es tan amplia “que no voy a perder el tiempo si en los primeros 20 minutos no me ha enganchado”. Atrás quedaron esos tiempos en los que esperabas meses para que saliera la peli en DVD; ahora te hincas una temporada en una semana (o una noche) y como si nada. A mí personalmente me cuesta mucho reengancharme un año después a una serie. Para mí, como devoto del cine, las series son un ritual. Suelo empezar una que esté terminada y ponerme un par de capítulos diarios con mi pareja, y disfrutar de su evolución.

He pasado grandes momentos quemando temporadas enteras: Friends es la mejor sitcom de todos los tiempos, muchos son los que todavía se ponen un par de capítulos (aunque ya nos los sepamos de memoria) para desconectar o limpiar el mal cuerpo que te ha dejado otra serie. Mad Men hace la mejor radiografía de la sociedad hasta llegar a ser un documento antropológico de los 60. Cierto es que las tramas se dispersan e incluso se llegan a olvidar, pero posee el final que mejor resume el leit motiv de una serie. Y hablando de finales no podemos olvidar el polémico de Lost, que decepcionó todas las expectativas que teníamos puestas en ella. Para mi gusto The Leftovers cerró muchísimo mejor, al ser un proyecto más humilde y casi en la misma línea. El de Los Soprano también fue muy sonado, pero cargado de simbolismo, que hace que cuando entiendas cada detalle, comprendas el universo de Tony. Orphan Black es para disfrutar de la versatilidad de una actriz, pues el trabajo de Tatiana Maslany es el sueño y reto de cualquier intérprete. The Wire es la única serie en la que el tema y la trama están por encima de los personajes, de los cuales hacen faltan un gran número para permitir la complicada conexión de los temas sociales. Six Feet Under posee, hasta la fecha, el mejor final. El más bello, necesario y acorde con la serie. Pero la historia de Walter White es la que para mí se alza en el podium de las series. Breaking Bad, creo que marcó un antes y un después. El viaje de este antihéroe nos regala diálogos magníficos, interpretaciones magistrales, giros de guión impactantes, algunos planos súper atrevidos y uno de los mayores arcos de transformación de un personaje en la historia de la pequeña pantalla.

En fin, supongo que disfrutar de la dependencia de una serie es como ver crecer a alguien especial, cosa que no entiendo en Black Mirror (que me encanta) porque cada capítulo dura casi una hora y son independientes… ¿Pero entonces, por qué no disfrutar de una película?

Carlos Aceituno
Actor y Director